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No seríamos lo que somos sin la cooperación y sin Lynn Margulis

| 25 marzo, 2015
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Para explicarnos qué es la vida, Margulis se enfrentó a uno de los paradigmas más sólidos de la biología evolutiva y enfocó el problema de modo diferente

 

La bióloga evolucionista Lynn Margulis

La bióloga evolucionista Lynn Margulis

El pasado 5 de marzo se cumplían 77 años del nacimiento de Lynn Margulis, bióloga evolucionaria que falleció en noviembre de 2011 y que ha influido determinantemente no sólo en la biología actual sino en otro montón de disciplinas científicas porque, como podemos comprobar cada día en nuestras carnes, todo el conocimiento —científico y humanístico, en un fenómeno conocido como ‘consiliencia‘ que recuperó otro enorme biólogo, Edward O. Wilson— está interconectado; al igual que nuestro planeta, como ha ido demostrando la Teoría Gaia de James Lovelock, una tesis que considera la Tierra como un gigantesco organismo vivo y que Margulis defendió con vehemencia desde que se formuló allá por los años sesenta.

Me ha sorprendido que Margulis sigue siendo la gran desconocida, incluso entre personas muy cultas científicamente que están al tanto de los hallazgos diarios, de modo que voy a hacer un recordatorio de una de sus tesis, poniendo una tilde en el papel que la cooperación ha tenido en la aparición y mantenimiento de la vida orgánica, dada la grisura y el pesimismo con que estamos sobrellevando nuestras biografías particulares—yo la primera— por imperativos gubernamentales y financieros.

Que_es_la_vida_MargulisEn la introducción de uno de sus mejores libros, con el que se dio a conocer popularmente y libro de cabecera para mí, ¿Qué es la vida?, comienza diciendo que esta es “una unión simbiótica y cooperativa que permite triunfar a los que se asocian”, para terminar con un “Es un artístico caos controlado, un conjunto de reacciones químicas tan maravillosamente complejas, que dio lugar al cerebro de los mamíferos que ahora, en forma humana, escribe cartas de amor y utiliza ordenadores de silicio para calcular la temperatura de la materia en el origen del universo”.

Como curiosidad, este libro fue escrito al alimón con su hijo Dorion Sagan (sí, sí, su padre era Carl Sagan; no me puedo ni imaginar esas cenas de navidad en familia, porque allí hasta los cuñaos debían de ser premios nobel) y es fácil intuir, incluso por estas frases sueltas, que no sólo nos introduce en la pujante biología de finales del siglo XX, sino también en la filosofía, haciéndonos ver que la ciencia es pensamiento, una manera de intentar entender el mundo recogiendo, por cierto, el guante del Renacimiento y de otro enorme, Leonardo da Vinci. Pero ya apunta a la cooperación y la colaboración como motor de la vida y la supervivencia.

Hasta que ella formula la tesis de la endosimbiosis, imperaban las ideas del darwinismo, neodarwinismo y su rama más siniestra, el darwinismo social que, malentendiendo a Darwin, explicaban la evolución de las especies partiendo, como única fuente de variabilidad genética, de las mutaciones que generaban al azar nuevas formas de resolver la vida; y la supervivencia, únicamente desde la competitividad, una mejor adaptación y el dominio intra e inter especies: lo que se conoce como la ley del más fuerte, vaya.

Pero Margulis se enfrenta a uno de los paradigmas más sólidos de la biología evolutiva y enfoca el problema de modo diferente, recurriendo a la simbiosis. La simbiosis es la coexistencia, mediante un contacto físico, de dos o más especies diferentes de organismos durante la mayor parte de su vida y nos hace ver que ha sido el mecanismo fundamental de la evolución, pues para producir cambios evolutivos rápidos, las relaciones simbióticas que se convierten en permanentes son más eficaces que las mutaciones al azar. Por ejemplo, hay algas que, para colonizar lugares donde se alternan las condiciones de humedad y sequía, establecen asociaciones simbióticas con hongos que crecen a la orilla del mar, dando lugar a líquenes costeros. Y si se eliminaran los microorganismos que viven en el aparato digestivo de las vacas, que las ayudan a digerir la celulosa, morirían de desnutrición en pocas semanas. Es decir, el alga y el hongo o la vaca y sus microorganismos han expandido su ambiente y garantizado su supervivencia gracias al establecimiento de relaciones cooperativas permanentes e integradas.

hormigas_cooperaciónPues así como el darwinismo social se aprovechó de los conceptos de lucha por la existencia y supervivencia de los más aptos para justificar políticas sociales que no distinguen entre quienes son capaces de mantenerse por sí mismos y quienes no pueden —dando lugar a lo que serían aberraciones en la naturaleza como el capitalismo salvaje, la eugenesia, el racismo, el imperialismo, el fascismo, el nazismo o las masacres raciales— algunos nos hemos aprovechado de las tesis científicas margulianas para rebatir la imagen individualista y feroz que tenemos de la naturaleza humana, residuo del darwinismo mal entendido, con el mismo fin: para rebatir las políticas sociales derivadas.

Y es que todo tiene mucho sentido. Margulis nos descubrió el reino Monera, el de las bacterias, esos microorganismos que tanto yuyu nos dan y se convirtió en su gran defensora, la Jane Goodall de las bacterias. Ella nos hizo ver que fueron esas primeras formas de vida las que lo inventaron todo: la respiración, la fotosíntesis, la reproducción asexual, el intercambio genético, las que han llegado a todos los hábitats posibles del mundo y, sobre todo, las que dieron lugar, mediante simbiosis de varias células procariotas —que son las que no tienen núcleo celular diferenciado— a la célula eucariota —esa que ya tiene un núcleo con material hereditario, un paso fundamental en la evolución de la vida.

Frente al neodarwinismo, que defiende la selección natural, Margulis defiende que esta simbiogénesis ha sido y es la base de todas las novedades biológicas y, más allá, de la supervivencia de las especies porque, al vivir ‘en comunidad’, en la que una célula huésped trabaja para una anfitriona en una especie de proto-trueque biológico, se garantiza la supervivencia de una y otra en lugar de la aniquilación de las dos. Por resumir, se puede decir que cada célula eucariota es como una sociedad cooperativa laboral en la que cada cual tiene su función.

Nosotros, y la gran diversidad de formas vivas que hoy en día pueblan artísticamente la Tierra (en palabras de Lynn), somos descendientes de esas primeras células cooperantes. La cooperación, por tanto —e incluso el altruismo— está en nuestro ADN porque en algún momento estuvo en el ARN celular. Si trasladamos este mecanismo biológico al individuo, la pareja, los grupos sociales o las naciones, es fácil entender que la cooperación ha tenido mucho más que ver en la supervivencia de nuestra especie que la competencia y la ley del más fuerte y que, desde luego, nos puede llevar mucho más lejos y a mejores lugares.

 

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Categoría: Biología, Evolución, Saberes

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